Mi papá trabajó la aproximación de la Ciudad de México durante 41 años. Ya escribí antes sobre por qué empecé con ese espacio aéreo. No es un consultor que contraté ni un artículo que leí con un LLM. Es la persona para la que intento construir esto, y también la persona que me cacha cuando me equivoco.
Nada se libera sin pasar por él. Prueba en un iPad. No es programador, así que nunca me dice cómo implementar nada. Me dice cómo se siente, que es más difícil de rebatir e imposible de fingir. Cuando cambio algo pequeño en el desempeño de los aviones, lo nota.
Reconstruí el modelo de velocidades más de una vez. Yo insistía en simplificar el modelo lo suficiente para liberarlo. Él me regresaba una y otra vez a lo que un controlador ve de verdad en la pantalla. Dos días seguidos me regresó a ajustar la misma calibración porque todavía no se sentía realista. Apenas esta semana, los 737 y los A320 mantenían Mach .88 allá arriba, cuando los pilotos de verdad los mantienen entre .76 y .80 y solo los pesados, como un 787 o un A350, se acercan a .90. A él, un jet mediano a .88 se le ve mal antes de revisar el número en la etiqueta.
No reparte elogios. Después de semanas de afinar las velocidades, jugó un rato y me escribió: “ya está listo, quedó perfecto”. En otra ocasión, tras una larga racha de trabajo en las voces, “fue lo máximo”. Te ganas eso acertando en aquello que él hizo durante toda su carrera.
Un simulador puede verse convincente en un video de quince segundos. La vara que de verdad me importa es otra: un hombre que hizo ese trabajo durante cuatro décadas lo mira y dice que se siente como lo de verdad. Eso no se puede agregar como una función después. Sale de construir algo lo suficientemente bueno como para que un experto lo reconozca.